Me siento hoy tan apático
que voy a hacerme el poético
hilando versos patéticos
con recursos informáticos.
Ganaré el favor del crítico
con mi furia demagógica,
y desafiando toda lógica
me convertiré en un Dios lírico.
O con rimas escatológicas
en el caso de ser fémina,
seré siempre antiestética
y me haré un poco la lésbica.
¡Qué consumo de mutágenos,
qué canciones con colágeno,
qué subida en los estrógenos,
tantos alucinógenos
que te privan del oxígeno
y de todo buen propósito!
¡Qué estratégico, que plástico!
¡Qué poeta matemático!
¡Qué malote y qué simpático!
¡Pero que no cunda el pánico!
Son los caprichos melódicos
de un joven "problemático"
que grita como afónico
con un ego mayestático.
martes, febrero 21, 2012
martes, febrero 14, 2012
El amor es la hostia
Creo que tengo la mala costumbre de poner títulos horribles a lo que escribo, o puede que piense que tal vez así llame la atención del lector. Quizá es que crea que divagar sobre el título me dé pie a un párrafo introductorio. De todos modos ya he malgastado varias lineas escribiendo para no decir nada, y como no tengo intención de acabar dedicándome a la política, iré al asunto. Y por si alguien se lo está preguntando, la respuesta es no: este artículo no trata de justificar la violencia conyugal. Por no caer en el improperio, me reservo mi opinión sobre esa gente.
A lo que vamos: me he puesto a pensar sobre el amor, a raíz de la fecha que nos ocupa. Me viene a la mente la coplilla aquella que dice "tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor". Y como siempre acabo enredando las cosas, me he puesto a desmenuzarlo y liarlo todo, llegando a las siguientes conclusiones:
La salud es algo indispensable. Sin salud, la propia vida está resentida. Los problemas más graves que puede tener una persona seguramente sean de salud, pues todo tiene remedio salvo la muerte. El dinero, para bien o para mal, es necesario en nuestra sociedad. Cuando falta el dinero, nos preocupamos y todo se nos hace cuesta arriba. Bien lo sabemos en los tiempos que nos ha tocado vivir.
¿Y el amor? Al amor se le ha puesto en tercer lugar en una lista de tres cosas que hay en la vida. Pareciera que el amor no es tan importante como la salud o el dinero. ¿No lo es? Bueno, tal vez se nos haya pasado una cuarta cosa que hay en la vida; una cuya búsqueda, según sostiene algunos autores, constituye de hecho el auténtico sentido de la vida: la felicidad.
¿La salud da la felicidad? Teniendo un grave problema de salud parece difícil ser feliz, pero tampoco hemos visto a nadie que vaya por ahí celebrando lo sano que está. Sabemos que hay hombres y mujeres que se sienten muy desdichados cuando tienen algunos kilos de más, pero sabemos también que no les duele por su salud, sino por su físico. Respecto a la felicidad, parece que la salud no hace mucho más que ofrecer un pobre consuelo a los que no hemos sido agraciados en el sorteo de la lotería de Navidad. Igual que el 14 de febrero es el día del amor, podría decirse que el 22 de diciembre es el día de la salud.
Lo cual me lleva al siguiente punto: el dinero. Hay mucha controversia sobre si el dinero da o no la felicidad. Lo cierto es que el dinero puede conseguir muchas cosas, por ejemplo aparte de los consabidos objetos materiales, el dinero puede mejorar el estatus social o el prestigio de una persona. Nuestra sociedad mide casi todas las cosas en función de su valor monetario. "Tanto tienes, tanto vales", es un mantra que hemos oído hasta la saciedad, hasta el punto que lo hemos asumido como una verdad irremediable. Si nos ofrecen dinero lo cogemos, y preferimos coger más a coger menos, ¡por supuesto! Conseguir dinero nos alegra, pero ¿llega al punto de hacernos felices? Creo que eso ya son palabras mayores.
¿Y el amor? ¿Da el amor la felicidad? Yo digo sí, y no. Opino que entre la salud, el dinero y el amor, es éste último quien tiene más posibilidades de hacer que una persona sea feliz.
Cuando la salud falla y enfermamos, la cercanía de nuestros seres queridos no nos cura, es cierto, pero nos reconforta. Cuando nos falta el dinero ocurre algo similar: el gesto de un amigo que nos apoya en un momento de necesidad puede llegar a resultar mucho más valioso que el dinero efectivo que éste nos pueda prestar.
Porque el amor es mucho más que lo que encontramos en una relación de pareja: el amor existe entre padres e hijos, entre hermanos, entre los buenos amigos. "En la realidad no existen amistades épicas: se tienen amigos para pasar el rato", dijo Pío Baroja. Y aunque en términos generales estoy de acuerdo, debo hacer la siguiente observación: quien tiene amigos para pasar el rato es porque no sabe tenerlos de otra forma, no sabe tratarlos de otra manera.
¿Por qué no sabemos? No es que no sepamos, pero es harto común que el amor nos produzca vergüenza, sobre todo a los hombres. La sociedad ridiculiza a quien expresa sus sentimientos, y por lo tanto no se nos enseña a querer, nadie aprende a amar. La mayoría se conforma con cariño y sexo, la sociedad se frota las manos en aras de lo práctico y el mundo sigue girando.
El amor es una disciplina muy seria que puede aprenderse. El que quiera hacerlo, tiene que leer mucho sobre ello, no sólo en filosofía; también incluso en las novelas, en las películas se puede aprender sobre el amor. Después hay que conocerse bien a uno mismo, pues el amor no se manifiesta de igual forma en todos nosotros: unos son capaces de amar más, otros menos o de diferente manera. "El asesino sabe más de amor que el poeta", dijo en una canción Joaquín Sabina.
Como he dicho antes, hay muchos tipos de amor. Está el amor tierno que nos hace acurrucarnos al lado del ser amado durante horas; el amor loco que nos lleva a hacer cualquier sacrificio; el amor generoso que pone a la otra persona como más importante que uno mismo a la hora de tomar cualquier decisión; el amor doloroso, como un cinturón de clavos sujeto demasiado apretado, pero que ninguno querría quitarse.
"El amor son tres flores que se riegan a diario" dijo en una canción Carlos Chaouen. Es cierto: el amor es un cultivo que hay que cuidar. Cuando tú dudas, ella está firme; cuando ella se abate, tú la consuelas; cuando uno de los dos cae, el otro lo levanta. A veces a costa de la salud, a veces a costa del dinero, sólo por el amor profundo y cierto que se siente hacia la otra persona. San Valentín fue un sacerdote al que se condenó a muerte por casar a parejas que no tenían permiso para ello. Sería un pobre homenaje a este hombre conmemorar el día simplemente comprando flores o bombones. El amor es mucho más que eso, tanto que gente como él ha entregado su vida.
Concluyo diciendo lo que decía al principio, porque creo que es lo que mejor lo expresa. Es breve, es conciso y no deja lugar a dudas: el amor es la hostia.
A lo que vamos: me he puesto a pensar sobre el amor, a raíz de la fecha que nos ocupa. Me viene a la mente la coplilla aquella que dice "tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor". Y como siempre acabo enredando las cosas, me he puesto a desmenuzarlo y liarlo todo, llegando a las siguientes conclusiones:
La salud es algo indispensable. Sin salud, la propia vida está resentida. Los problemas más graves que puede tener una persona seguramente sean de salud, pues todo tiene remedio salvo la muerte. El dinero, para bien o para mal, es necesario en nuestra sociedad. Cuando falta el dinero, nos preocupamos y todo se nos hace cuesta arriba. Bien lo sabemos en los tiempos que nos ha tocado vivir.
¿Y el amor? Al amor se le ha puesto en tercer lugar en una lista de tres cosas que hay en la vida. Pareciera que el amor no es tan importante como la salud o el dinero. ¿No lo es? Bueno, tal vez se nos haya pasado una cuarta cosa que hay en la vida; una cuya búsqueda, según sostiene algunos autores, constituye de hecho el auténtico sentido de la vida: la felicidad.
¿La salud da la felicidad? Teniendo un grave problema de salud parece difícil ser feliz, pero tampoco hemos visto a nadie que vaya por ahí celebrando lo sano que está. Sabemos que hay hombres y mujeres que se sienten muy desdichados cuando tienen algunos kilos de más, pero sabemos también que no les duele por su salud, sino por su físico. Respecto a la felicidad, parece que la salud no hace mucho más que ofrecer un pobre consuelo a los que no hemos sido agraciados en el sorteo de la lotería de Navidad. Igual que el 14 de febrero es el día del amor, podría decirse que el 22 de diciembre es el día de la salud.
Lo cual me lleva al siguiente punto: el dinero. Hay mucha controversia sobre si el dinero da o no la felicidad. Lo cierto es que el dinero puede conseguir muchas cosas, por ejemplo aparte de los consabidos objetos materiales, el dinero puede mejorar el estatus social o el prestigio de una persona. Nuestra sociedad mide casi todas las cosas en función de su valor monetario. "Tanto tienes, tanto vales", es un mantra que hemos oído hasta la saciedad, hasta el punto que lo hemos asumido como una verdad irremediable. Si nos ofrecen dinero lo cogemos, y preferimos coger más a coger menos, ¡por supuesto! Conseguir dinero nos alegra, pero ¿llega al punto de hacernos felices? Creo que eso ya son palabras mayores.
¿Y el amor? ¿Da el amor la felicidad? Yo digo sí, y no. Opino que entre la salud, el dinero y el amor, es éste último quien tiene más posibilidades de hacer que una persona sea feliz.
Cuando la salud falla y enfermamos, la cercanía de nuestros seres queridos no nos cura, es cierto, pero nos reconforta. Cuando nos falta el dinero ocurre algo similar: el gesto de un amigo que nos apoya en un momento de necesidad puede llegar a resultar mucho más valioso que el dinero efectivo que éste nos pueda prestar.
Porque el amor es mucho más que lo que encontramos en una relación de pareja: el amor existe entre padres e hijos, entre hermanos, entre los buenos amigos. "En la realidad no existen amistades épicas: se tienen amigos para pasar el rato", dijo Pío Baroja. Y aunque en términos generales estoy de acuerdo, debo hacer la siguiente observación: quien tiene amigos para pasar el rato es porque no sabe tenerlos de otra forma, no sabe tratarlos de otra manera.
¿Por qué no sabemos? No es que no sepamos, pero es harto común que el amor nos produzca vergüenza, sobre todo a los hombres. La sociedad ridiculiza a quien expresa sus sentimientos, y por lo tanto no se nos enseña a querer, nadie aprende a amar. La mayoría se conforma con cariño y sexo, la sociedad se frota las manos en aras de lo práctico y el mundo sigue girando.
El amor es una disciplina muy seria que puede aprenderse. El que quiera hacerlo, tiene que leer mucho sobre ello, no sólo en filosofía; también incluso en las novelas, en las películas se puede aprender sobre el amor. Después hay que conocerse bien a uno mismo, pues el amor no se manifiesta de igual forma en todos nosotros: unos son capaces de amar más, otros menos o de diferente manera. "El asesino sabe más de amor que el poeta", dijo en una canción Joaquín Sabina.
Como he dicho antes, hay muchos tipos de amor. Está el amor tierno que nos hace acurrucarnos al lado del ser amado durante horas; el amor loco que nos lleva a hacer cualquier sacrificio; el amor generoso que pone a la otra persona como más importante que uno mismo a la hora de tomar cualquier decisión; el amor doloroso, como un cinturón de clavos sujeto demasiado apretado, pero que ninguno querría quitarse.
"El amor son tres flores que se riegan a diario" dijo en una canción Carlos Chaouen. Es cierto: el amor es un cultivo que hay que cuidar. Cuando tú dudas, ella está firme; cuando ella se abate, tú la consuelas; cuando uno de los dos cae, el otro lo levanta. A veces a costa de la salud, a veces a costa del dinero, sólo por el amor profundo y cierto que se siente hacia la otra persona. San Valentín fue un sacerdote al que se condenó a muerte por casar a parejas que no tenían permiso para ello. Sería un pobre homenaje a este hombre conmemorar el día simplemente comprando flores o bombones. El amor es mucho más que eso, tanto que gente como él ha entregado su vida.
Concluyo diciendo lo que decía al principio, porque creo que es lo que mejor lo expresa. Es breve, es conciso y no deja lugar a dudas: el amor es la hostia.
martes, julio 12, 2011
El poder y la razón
Actualmente, gobierne el partido que gobierne, éste se encontrará con dos fuerzas en constante choque: el poder y la razón.
El poder es lo que ostenta el partido gobernante. Es la fuerza del mando, la capacidad de acción, el privilegio de ordenar. El poder existe para la decisión, es la herramienta que ataja la pregunta ¿qué hacemos? Es una fuerza otorgada, no le pertenece al partido sino que se le concede para la gestión y la iniciativa durante un periodo de tiempo.
La razón es independiente de quien gobierne. Es una fuerza de la naturaleza; es el bosque, es el río, es el mar. La razón existe porque existe el ser humano, la razón es la lógica, la razón plantea la pregunta ¿qué deberiamos hacer?; y si se le da la oportunidad, la responde.
Cuando un partido está en el gobierno, utiliza ese poder en su beneficio. Claro, tiene que seguir vendiendo el discurso que corresponde a su color. Como los concesionarios venden coches, los partidos políticos venden discursos. Pero siempre que el partido gobernante actúa, esto es, siempre que usa su poder, lo hace barriendo para casa. El partido corre una cortina de humo ante los ojos de la opinión pública y por detrás de esa cortina toma las decisiones que más le convienen.
Pero claro, aquí es donde se produce el choque, porque el beneficio y la razón no siempre van de la mano: es más, casi nunca lo hacen. El poder le da la oportunidad al partido de vallar el bosque, de canalizar el río, de poner diques al mar. Un tiempo, al menos. El partido no necesita mucho tiempo, lo que vaya a durar en el mando. Hasta que el bosque crece sobre las alambradas, el río se desborda de ese cauce que no es el suyo y el mar inunda los diques y los arrolla.
Porque la razón no se detiene. Es como un glaciar, que avanza despacio pero arrastra todo a su paso. El partido gobernante no necesita combatirla más que el tiempo suficiente para hacerse con todo lo que pueda. Luego llegan las elecciones, la opinión pública ve los efectos que la acción devastadora de la razón ha hecho sobre la cortina de humo que tenía ante los ojos y votan al otro partido mayoritario; y no porque crean en él, sino con el fin de desbancar al primero. El partido gobernante se frota las manos como lo hacen las moscas y se dice "bien, ahora el problema es de otro".
Toda esta situación no es la óptima, ni mucho menos. Las personas razonables han visto este problema y se han hecho la pregunta natural que siempre hace la razón: ¿Qué deberíamos hacer? Aún no se ha encontrado una respuesta. Será cuestión de darle más tiempo...
El poder es lo que ostenta el partido gobernante. Es la fuerza del mando, la capacidad de acción, el privilegio de ordenar. El poder existe para la decisión, es la herramienta que ataja la pregunta ¿qué hacemos? Es una fuerza otorgada, no le pertenece al partido sino que se le concede para la gestión y la iniciativa durante un periodo de tiempo.
La razón es independiente de quien gobierne. Es una fuerza de la naturaleza; es el bosque, es el río, es el mar. La razón existe porque existe el ser humano, la razón es la lógica, la razón plantea la pregunta ¿qué deberiamos hacer?; y si se le da la oportunidad, la responde.
Cuando un partido está en el gobierno, utiliza ese poder en su beneficio. Claro, tiene que seguir vendiendo el discurso que corresponde a su color. Como los concesionarios venden coches, los partidos políticos venden discursos. Pero siempre que el partido gobernante actúa, esto es, siempre que usa su poder, lo hace barriendo para casa. El partido corre una cortina de humo ante los ojos de la opinión pública y por detrás de esa cortina toma las decisiones que más le convienen.
Pero claro, aquí es donde se produce el choque, porque el beneficio y la razón no siempre van de la mano: es más, casi nunca lo hacen. El poder le da la oportunidad al partido de vallar el bosque, de canalizar el río, de poner diques al mar. Un tiempo, al menos. El partido no necesita mucho tiempo, lo que vaya a durar en el mando. Hasta que el bosque crece sobre las alambradas, el río se desborda de ese cauce que no es el suyo y el mar inunda los diques y los arrolla.
Porque la razón no se detiene. Es como un glaciar, que avanza despacio pero arrastra todo a su paso. El partido gobernante no necesita combatirla más que el tiempo suficiente para hacerse con todo lo que pueda. Luego llegan las elecciones, la opinión pública ve los efectos que la acción devastadora de la razón ha hecho sobre la cortina de humo que tenía ante los ojos y votan al otro partido mayoritario; y no porque crean en él, sino con el fin de desbancar al primero. El partido gobernante se frota las manos como lo hacen las moscas y se dice "bien, ahora el problema es de otro".
Toda esta situación no es la óptima, ni mucho menos. Las personas razonables han visto este problema y se han hecho la pregunta natural que siempre hace la razón: ¿Qué deberíamos hacer? Aún no se ha encontrado una respuesta. Será cuestión de darle más tiempo...
lunes, julio 11, 2011
¿Anarquista, yo?
Hace no mucho tiempo, comentaba con un compañero que después de clase yo iba a volver a mi pueblo, y que al ser el fin de semana de las elecciones municipales y autonómicas, me daba un poco de miedo. "¿Por qué?", me preguntó asombrado; "Porque allí con la política la gente se vuelve loca" respondí yo.
Cuando la gente me pregunta por mis ideas políticas, yo digo que soy anarquista. No, no digo apolítico, digo anarquista. Los que me conocen bien y me quieren bien me dicen "no digas eso, hombre" o "no, tú que vas a ser...". Yo sigo diciéndolo, qué le vamos a hacer.
¿Acaso creo realmente que viviríamos mejor sin Estado? ¡No! Esto es solo una forma un poco o bastante brusca de separarme de los partidos actuales, del autoritarismo enmascarado del PP, del liberalismo aburguesado del PSOE, de la irreal visión de IU, y de la repugnancia que me producen los partidos nacionalistas.
No es que los anarquistas que conocemos a nuestro alrededor sean realmente una opción a considerar. El lema "Anarquía y birra fría" ya lo dice todo, no es sino una cándida idiotez para niños que se creen adultos sólo porque en su carnet pone que tienen más de 18 años y porque ya pueden beber, como si los problemas de la vida se resolvieran a base de alcohol y de legalizar la marihuana.
Retomando el tema, podría decir cuando me preguntan por mis ideas... bueno, miento: en realidad no me preguntan por mis ideas, sino de qué partido soy. Podría decir que no soy de ninguno, que no pertenezco a ninguno y que ninguno me dirige ni me posee en forma alguna. Podría decir que como mucho, seguiría a uno u otro por ser más afín a mi forma de pensar, pero que dado que no encuentro mis ideas reflejadas en ninguna de las opciones actuales, pues no podría decirme de ninguno...
Y, sin embargo, me digo anarquista. ¿Por qué? Por una razón sencilla: no creo en el poder. Creo más en la razón.
Cuando la gente me pregunta por mis ideas políticas, yo digo que soy anarquista. No, no digo apolítico, digo anarquista. Los que me conocen bien y me quieren bien me dicen "no digas eso, hombre" o "no, tú que vas a ser...". Yo sigo diciéndolo, qué le vamos a hacer.
¿Acaso creo realmente que viviríamos mejor sin Estado? ¡No! Esto es solo una forma un poco o bastante brusca de separarme de los partidos actuales, del autoritarismo enmascarado del PP, del liberalismo aburguesado del PSOE, de la irreal visión de IU, y de la repugnancia que me producen los partidos nacionalistas.
No es que los anarquistas que conocemos a nuestro alrededor sean realmente una opción a considerar. El lema "Anarquía y birra fría" ya lo dice todo, no es sino una cándida idiotez para niños que se creen adultos sólo porque en su carnet pone que tienen más de 18 años y porque ya pueden beber, como si los problemas de la vida se resolvieran a base de alcohol y de legalizar la marihuana.
Retomando el tema, podría decir cuando me preguntan por mis ideas... bueno, miento: en realidad no me preguntan por mis ideas, sino de qué partido soy. Podría decir que no soy de ninguno, que no pertenezco a ninguno y que ninguno me dirige ni me posee en forma alguna. Podría decir que como mucho, seguiría a uno u otro por ser más afín a mi forma de pensar, pero que dado que no encuentro mis ideas reflejadas en ninguna de las opciones actuales, pues no podría decirme de ninguno...
Y, sin embargo, me digo anarquista. ¿Por qué? Por una razón sencilla: no creo en el poder. Creo más en la razón.
viernes, enero 21, 2011
DORMIR SIN SOÑAR
¿De qué sirven las estrellas
cuando sólo miramos al suelo?
¿Por qué no se acaba este asedio
de espinas, llantos y grietas,
de este hambre sin aliento?
¿Dónde están las sirenas que cantaban
a la lluvia? ¿Quién lo sabe?
¿Cómo no vimos esta emboscada,
el destino enrejado, el vinagre
y la sal en los ojos del mañana?
¿Para qué las hormigas y el metal?
¿Para qué hacer los barcos a la mar
si molestan al turista que paga?
Si tenemos que dormir sin soñar,
¿para qué queremos la cama?
Y se marchitan los campos huérfanos de manos,
y no canta el gallo, lo comimos ayer en la sopa,
y la mentira triunfa, qué mal nos educaron,
y vive en una caja el currito, y el ladrón en un banco,
y se muere gritando el futuro, y a nadie le importa.
cuando sólo miramos al suelo?
¿Por qué no se acaba este asedio
de espinas, llantos y grietas,
de este hambre sin aliento?
¿Dónde están las sirenas que cantaban
a la lluvia? ¿Quién lo sabe?
¿Cómo no vimos esta emboscada,
el destino enrejado, el vinagre
y la sal en los ojos del mañana?
¿Para qué las hormigas y el metal?
¿Para qué hacer los barcos a la mar
si molestan al turista que paga?
Si tenemos que dormir sin soñar,
¿para qué queremos la cama?
Y se marchitan los campos huérfanos de manos,
y no canta el gallo, lo comimos ayer en la sopa,
y la mentira triunfa, qué mal nos educaron,
y vive en una caja el currito, y el ladrón en un banco,
y se muere gritando el futuro, y a nadie le importa.
miércoles, enero 05, 2011
Queridos Reyes Magos
Queridos Reyes Magos:
No diré que he sido bueno este año, porque decidir eso os corresponde a vosotros.
Hace muchos años que no os escribo, probablemente desde que yo mismo me convertí en Rey Mago como vosotros, pero no por ello dejo de pensar en todo el trabajo que tenéis en estas fechas. Y no lo digo por los regalos, sino por esa ilusión que hay en la gente, y no sólo en los más pequeños, que tienen tanta que la irradian y nos la contagian a los mayores; por ese misterioso halo de paz que inunda los corazones fríos tras un año de penas sucesivas; por esa íntima alegría que hace que olvidemos por un momento nuestros rencores y nos sentemos junto a nuestros hermanos a compartir el pan que tenemos la suerte de tener. Parece... no: es magia, por eso sé que es cosa vuestra.
Por eso, en estos tiempos de escasez, de gente preocupada que cuenta las pocas monedas que consiguen hallar en sus carteras, preguntándose qué será de ellos el día de mañana, no os pido cosas materiales, que se lleva el viento. Os pido para todos, os pido fuerzas para salir adelante por nuestros propios medios; buen criterio, para poder encontrar el camino; salud, para todos y para quienes más la necesitan; bondad, para tender la mano sin mirar a quien; y memoria, para que no repitamos nuestros errores. Todo esto vamos a necesitarlo durante todo el año, y algo más, tal vez lo más importante: que no se apague la llama de la ilusión en el corazón de la gente, porque en la oscuridad más profunda, deberá ser más brillante que nunca.
Por mi parte, y con vuestro permiso, este año intentaré seguir siendo embajador de sus majestades de oriente todo el año: un pequeño Rey Mago generoso que regale, al menos, una sonrisa, un abrazo, una palabra amable y sincera. Ya he dicho antes que no se si soy bueno o no: si no lo soy, quiero serlo; si lo soy, quiero ser mejor. Por eso trataré de imitar vuestra magia, de convertir la tristeza en esperanza, de hacer que, aunque sólo sea por un momento, haya alguien que recupere la fe en el ser humano.
Sin más, se despide de vosotros vuestro servidor, amigo, y eterno aprendiz de tres hombres buenos que estuvieron ahí el día en que se obró el milagro, cuando el hijo de Dios vino a nosotros en forma de hombre para enseñarnos a ser humanos.
No diré que he sido bueno este año, porque decidir eso os corresponde a vosotros.
Hace muchos años que no os escribo, probablemente desde que yo mismo me convertí en Rey Mago como vosotros, pero no por ello dejo de pensar en todo el trabajo que tenéis en estas fechas. Y no lo digo por los regalos, sino por esa ilusión que hay en la gente, y no sólo en los más pequeños, que tienen tanta que la irradian y nos la contagian a los mayores; por ese misterioso halo de paz que inunda los corazones fríos tras un año de penas sucesivas; por esa íntima alegría que hace que olvidemos por un momento nuestros rencores y nos sentemos junto a nuestros hermanos a compartir el pan que tenemos la suerte de tener. Parece... no: es magia, por eso sé que es cosa vuestra.
Por eso, en estos tiempos de escasez, de gente preocupada que cuenta las pocas monedas que consiguen hallar en sus carteras, preguntándose qué será de ellos el día de mañana, no os pido cosas materiales, que se lleva el viento. Os pido para todos, os pido fuerzas para salir adelante por nuestros propios medios; buen criterio, para poder encontrar el camino; salud, para todos y para quienes más la necesitan; bondad, para tender la mano sin mirar a quien; y memoria, para que no repitamos nuestros errores. Todo esto vamos a necesitarlo durante todo el año, y algo más, tal vez lo más importante: que no se apague la llama de la ilusión en el corazón de la gente, porque en la oscuridad más profunda, deberá ser más brillante que nunca.
Por mi parte, y con vuestro permiso, este año intentaré seguir siendo embajador de sus majestades de oriente todo el año: un pequeño Rey Mago generoso que regale, al menos, una sonrisa, un abrazo, una palabra amable y sincera. Ya he dicho antes que no se si soy bueno o no: si no lo soy, quiero serlo; si lo soy, quiero ser mejor. Por eso trataré de imitar vuestra magia, de convertir la tristeza en esperanza, de hacer que, aunque sólo sea por un momento, haya alguien que recupere la fe en el ser humano.
Sin más, se despide de vosotros vuestro servidor, amigo, y eterno aprendiz de tres hombres buenos que estuvieron ahí el día en que se obró el milagro, cuando el hijo de Dios vino a nosotros en forma de hombre para enseñarnos a ser humanos.
lunes, noviembre 15, 2010
LA APOTEOSIS DEL TEDIO
¡Qué aburrido es el Sol!
Su mortal monotonía
no para de prometer bostezos.
¡Qué aburrida es la Luna!
Me contagia de gesto nocturno
en la soledad de un callejón sin saliva.
¡Qué aburrida es la calle!
Los coches en celo bramando
mientras se huelen los escapes.
¡Qué aburrida es la gente!
Impasible paisaje paseante
de pesados pasos al pasar.
¡Qué aburrido es el amor!
La rutina de la conquista
y el contrato de quererse.
¡Qué aburrido soy yo,
por estar perdiéndomelo todo!
Su mortal monotonía
no para de prometer bostezos.
¡Qué aburrida es la Luna!
Me contagia de gesto nocturno
en la soledad de un callejón sin saliva.
¡Qué aburrida es la calle!
Los coches en celo bramando
mientras se huelen los escapes.
¡Qué aburrida es la gente!
Impasible paisaje paseante
de pesados pasos al pasar.
¡Qué aburrido es el amor!
La rutina de la conquista
y el contrato de quererse.
¡Qué aburrido soy yo,
por estar perdiéndomelo todo!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)