Sentados a la fastuosa mesa de Virtus los chicos comían a dos carrillos, pues no habían probado bocado desde la mañana, cuando salieron de "El Gato Pardo" para Barbaria, y ya comenzaba a morir la tarde.
-Está todo delicioso, señor - dijo James - Muchísimas gracias.
-No hay de qué, niños. ¿Más vino, señor McBean?
-Em... sí, gracias - dijo McBean, acercando su copa. El mago tomó la jarra y llenó la copa del cazarrecompensas de vino tinto. - Si no es mucha molestia, me gustaría tratar el asunto que me ha traído hasta aquí.
-Oh, por supuesto, por supuesto - contestó Virtus, y usando la misma jarra, llenó su propia copa con vino blanco, ante la mirada atónita de todos.
-Eh, bueno... -dijo McBean, tratando de recobrar la compostura, y sacando el sobre que Krisha le había entregado se lo dió a Virtus diciendo: - Vengo buscando al "Abuelo de Todo el Saber".
Virtus se colocó unos anteojos y, tomando el sobre, lo examinó con curiosidad, especialmente el sello de cera que lo cerraba.
-Vaya, ¿quién le ha dado este sobre, McBean?
-Krisha, la druidesa del Bosque de Dyrus.
-¿Fue ella quien le dijo que yo era el "Abuelo de Todo el Saber"?
-Pues no; la verdad es que hemos llegado hasta aquí dando tumbos... ¡Pero bueno, al fin le hemos encontrado!
-¿Quién, yo? ¡Oh, no, no, no! - respondió Virtus, devolviendo el sobre - ¡Yo no soy el "Abuelo de Todo el Saber"! Soy sabio, sí, y poderoso; pero no lo sé todo, ni todo lo puedo.
-La búsqueda continúa - suspiró McBean - ¿Sabría usted decirnos dónde lo podemos encontrar?
-Por desgracia, lo ignoro; aunque... bueno, sé quién podría saberlo... pero no, también sería inútil, pues no podríais encontrarla, y yo no sé dónde se encuentra. Hablo de uno de mis iguales: la archimaga Vastus, de la escuela del Espacio Inmenso. Ella lo sabe todo sobre el Espacio y el Lugar, y sabe dónde está cualquier cosa o cualquier persona de este mundo o de otros mundos; pero, por desgracia e irónicamente, nadie sabe dónde se encuentra ella. Sé que la veré en el próximo Concilio de Archimagia, pero eso no ocurrirá hasta dentro de algunos años.
-No puedo esperar años. - dijo McBean.
-Ya lo imagino, pero tranquilo: tampoco tendrás que esperar años, ni necesitarás la ayuda de Vastus la Errante; sé que tu búsqueda tendrá su final y su fruto, y las preguntas que tienes tendrán su respuesta.
-Y usted, ¿cómo lo sabe?
- ¿Acaso sabe el Sol cómo brilla? ¿Acaso sabe el viento cómo sopla? - preguntó Virtus, sonriendo - No preguntes cómo se saben las cosas, sólo aprovecha lo que recibes y úsalo. De todos modos, una cosa sí te puedo decir: busca hacia el este, en Lanternes, la Ciudad de la Luz. Allí vive un gnomo llamado Celsius, gran inventor y alquimista. Su raza está tocada por Niala, diosa de la Sabiduría, y "si alguien sabe algo en este mundo, seguramente será un gnomo", como dice el proverbio.
-Bien, le buscaré - dijo McBean - De todos modos, Lanternes nos queda de camino al Templo de Janatha.
-Espléndido. - dijo Virtus - Bueno, como veo que todos han terminado de cenar, recogeré la mesa.
Virtus cogió el mantel que había quitado de la mesa y lo arrojó al aire. Mientras caía, el mantel se desenvolvió y situó de tal forma que quedó perfectamente colocado. Todas las sobras de comida y la vajilla desaparecieron debajo de él, no había ni el más mínimo bulto que delatase la presencia de nada bajo el mantel que no fuera la propia mesa. Johnny no pudo resistirlo y levantó un poco el mantel para mirar debajo, sólo para ver que no quedaba ni rastro del festín que allí había segundos antes.
-Pero, ¿cómo lo hace? - preguntó Johnny.
-¿Acaso sabe el pájaro cómo vuela? ¿Acaso sabe el pez cómo nada? - preguntó Virtus con una sonrisa.
-Pues no, pero...
-Johnny, no molestes a nuestro anfitrión. - interrumpió Rose.
-Oh, tranquila pequeña, no me molesta. - dijo Virtus - Tu hermano tiene una mente despierta y curiosa, eso no tiene nada de malo, al contrario. ¿Qué ibas a preguntar, chico?
-Gracias: iba a decir que, aunque el pájaro no sepa cómo vuela, el hecho es que vuela; aunque el pez no sepa cómo nada, el hecho es que nada, y ambos hechos tienen su explicación. Mi pregunta es: ¿cuál es la explicación a todos estos hechos prodigiosos que le hemos visto realizar esta noche?
-Ya lo he dicho antes: magia. - sonrió Virtus.
-De acuerdo: ¿y qué es la magia? - insistió Johnny.
-¡Oh, eso es querer saberlo todo! - proclamó Virtus, echándose las manos a la cabeza pero siempre sonriendo. - ¿Qué es la magia? Muchos magos se van a la tumba sin haberlo averiguado; yo mismo no lo tengo muy claro. Tan solo puedo decir al respecto que hay magia... y magia.
-¿Dice usted magia buena y magia mala? - preguntó James.
-No, no, nada de eso: no hay magia buena o mala. El bien y el mal no le conciernen a la magia, tan solo al uso que se hace de ella. Diríais por ejemplo que hay una magia buena que crea alimentos, y una magia mala que se usa para herir a las personas, pero ese es un concepto equivocado y pobre: es como decir que hay un fuego bueno que cuece el pan, y otro malo que te quema la mano si la acercas demasiado a las llamas.
>>¡Oh, pero estoy divagando! ¿Qué es la magia? Como decía, la respuesta no es sencilla; pero si tuviera que definirla, yo diría que es la alteración de la realidad, pero eso no es decir nada puesto que hay formas no mágicas de alterar la realidad, y además dentro de las formas mágicas hay distintos tipos... hay magia y magia. Es complicado. Creo que lo mejor será poner un ejemplo práctico... sí, con la que estudia mi escuela, la de la Energía Eterna. Es la más antigua y tal vez la más sencilla de las formas de alteración de la realidad.
>>Bien, uníos a mí en un pequeño ejercicio: poned así las manos - Virtus alzó las manos y todos le imitaron - bien, y ahora haced que choquen de golpe, y ya veréis.
Todos obedecieron y dieron una palmada casi al unísono, y esperaron unos segundos... sin que ocurriera nada.
-¿Y qué más? - preguntó Johnny.
-Nada: eso es todo. ¿No os parece increíble?
-¿El qué? - insistió Johnny - ¡Si no hemos hecho nada!
-No, sí que habéis hecho: acabáis de transformar el movimiento en sonido.
-¡Eso no tiene nada de mágico! - protestó Johnny.
-¡Exacto, no lo tiene! - señaló Virtus - Pero ese sencillo principio de transformación de la energía es el mismo principio que usa la escuela de la Energía Eterna. La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. En la naturaleza ocurre constantemente: imaginad un rayo que cae sobre un árbol, es electricidad que se transforma en luz y calor en forma de fuego.
>>Ahora viene lo que podríamos empezar a llamar magia: imaginad que pudiéramos usar la energía que llevamos dentro, esa energía que nos permite movernos y hacer todo lo que hacemos, y la transformásemos para que se manifestase en el exterior: así podríamos tener luz - Virtos puso sus manos con las palmas mirando hacia arriba, y de éstas brotaron dos pequeñas esferas luminosas - o fuego - y uniendo las manos y poniéndolas a modo de cuenco, formó sobre ellas una pequeña llama danzante - o electricidad - el mago puso las manos como si estuviera cogiendo una pelota invisible, y entre las yemas de los dedos de una y otra mano saltaron pequeñas chispas y relámpagos - o... ¡movimiento! - y, señalando bruscamente hacia adelante, hizo que la ventana que había frente a él, al otro lado de la estancia, se abriera de par en par.
-¡Increíble! - exclamó James
-¿Y los conjuros? - preguntó Johnny - ¿No hay que recitar un conjuro?
-Bueno, si tú quieres... pero en realidad no es necesario. Si veis a algún mago que lo haga, probablemente lo hará para distraer a sus enemigos o asombrar a los bobos, aunque tengo entendido que a algunos les ayuda a concentrarse; no es que los hechizos lo requieran realmente. ¿Os imaginais que con sólo decir una palabreja meneando un palito se produjera un resultado concreto? ¡Pfff, que ridiculez! No, la magia es algo muy serio, que no permite caprichos ni tonterías. Hay muchas leyendas e historias sobre magia, pero son inventadas la gran mayoría por personas que nunca la han presenciado, y las menos son personas que cuentan experiencias realmente vividas pero mal interpretadas. O también pudiera ser que no hayan visto a un mago en acción, sino a un brujo o un chamán, o un druida o un sacerdote, o alguien que tenga que extraer su poder de un Dios o alguna otra entidad mística. Esos sí necesitan pronunciar una oración para pedir prestado su poder, pero eso ya es otra historia.
viernes, marzo 26, 2010
miércoles, marzo 10, 2010
Magia y magia (1)
Varias leguas por delante, el grupo había llegado a la Torre de Virtus. Se trataba ésta, por supuesto, de una especie de construcción vertical consistente en algo parecido a una gran columna que, a una altura de aproximadamente veinte metros, se ensanchaba dando forma a lo que parecía ser una vivienda circular. En otras palabras, era como si una casa de planta redonda se mantuviera en equilibrio sobre una gruesa columna que hubiera brotado del suelo justo bajo su centro geométrico. En la base de la torre había un portón hacia el que se dirigió el grupo.
El portón se abrió él solo cuando se acercaron, como si los invitase a entrar. Una vez dentro, vieron que la planta baja estaba habilitada como unas caballerizas, que por cierto parecía que hubiesen preparado expresamente para ellos, pues el suelo parecía recién barrido y el heno recién cambiado. El interior de la torre era practicamente hueco: de la pared interior sobresalían unos maderos que, a modo de peldaños, formaban una larga escalera que subía en espiral hasta una trampilla abierta en el techo de madera. Tras dejar a los caballos para que descansasen en los establos, comenzaron a subir la escalera de caracol. McBean iba en cabeza, mirando en todas direcciones y aferrando la empuñadura de su espada:
-Esto no me gusta. - dijo al fin - Es como si nos estuvieran esperando...
-No hay peligro. - contestó Matt - Seguramente sea así.
-¿Qué significa eso? ¿A qué te refieres?
-Virtus es pronosticador: predice cosas, tal vez las sepa de antemano... ¿quién sabe?
-¿De veras? ¡Increíble! - exclamó Johnny.
- Bueno, supongo que eso es lo que cabría esperar del "Abuelo de Todo el Saber", ¿no?
-Cierto, - respondió McBean, y añadió para sí mismo - y, sin embargo, por alguna razón, todo esto me pone un poco nervioso...
Al llegar arriba, McBean asomó la cabeza con recelo y miró a su alrededor. Lo que vio fue una estancia bastante amplia, con suelo de madera, y numerosas estanterías que albergaban gruesos tomos y montones de rollos de pergamino. En las paredes, tambien había pergaminos, pero estos extendidos, mostrando esquemas de aparatos extraños e ilustraciones de criaturas nunca vistas, así como escritos en idiomas de caracteres ininteligibles.
Un hombre de melena castaña de la que sobresalían algunos cabellos plateados estaba de espaldas a McBean, sentado frente a un escritorio mientras garrapateaba algo con una larga pluma de faisán. Vestía una túnica de color blanco, ribeteada de rojo. Antes de que McBean tuviera ocasión de pronunciar palabra, y sin dejar de escribir en ningún momento, el hombre dijo:
-Ah, de modo que por fin habéis llegado; pasad, pasad y ponéos cómodos. Estaré con vosotros en un minuto.
Cuando todos estuvieron arriba, tuvieron que quedarse de pie, puesto que no había sitio donde sentarse, excepto el suelo. Poco después, el hombre dejaba la pluma en el tintero, se levantaba de su asiento y saludaba a todos con efusión. Parecía un hombre de avanzada edad, aunque no anciano. Tenía una larga barba castaña con algunas canas, como su pelo, y una presencia jovial aunque venerable.
-¡Bienvenidos, viajeros, a mi casa! Soy Virtus, archimago de la escuela de la Energía Eterna y consejero del rey Rodiger de Naerzonia. ¡Pero por favor, sentáos! ¡Debéis estar cansados!
El gesto con el que Virtus acompañó estas palabras hizo que todos se giraran instintivamente a buscar asiento aun sabiendo que no lo había; y sin embargo, cuando miraron, había unos sillones justo detrás de ellos que no estaban ahí antes. Tomaron asiento, y seguramente James, Rose y Johnny habrían podido jurar que jamás se habían sentado sobre algo tan increíblemente cómodo en toda su vida.
Cuando miraron frente a ellos, descubrieron que se hallaban sentados en torno a una mesa que tampoco se encontraba ahí segundos antes. Era una mesa circular, cubierta por un mantel de color granate. En este punto, todos, excepto el siempre lacónico Matt, daban muestras de su sorpresa.
-¡Bien! - dijo Virtus - Ya conozco a Matt Gunter, embajador del Clan del Lobo; pero, ¿y los demás? ¿Cómo os llamáis?
- Yo soy Andrew McBean, y estos son James, Rose y Johnny. Hemos venido porque...
-¡Basta, basta! - ordenó Virtus - ¡Tiempo habrá para explicaciones mientras cenamos! Con vuestro permiso, pondré la mesa...
-¿Quiere que le ayudemos? - ofreció Rose.
-Oh, eres muy amable, pequeña, pero no será necesario: tan solo un segundo...
Y entonces Virtus agarró el mantel, tiró bruscamente de él y ahí, inexplicablemente, había servido todo un banquete: pavo asado, costillas de cerdo, guiso de ternera, una gran fuente de ensalada, frutas de todo tipo, una bandeja de dulces así como platos y cubiertos frente a cada comensal. Todos (excepto Matt, por supuesto) miraron la escena boquiabiertos. Sólo Johnny acertó a decir:
-Pero, ¿cómo lo ha hecho?
Virtus se limitó a sonreir, y encogiéndose de hombros, respondió:
-¡Magia!
El portón se abrió él solo cuando se acercaron, como si los invitase a entrar. Una vez dentro, vieron que la planta baja estaba habilitada como unas caballerizas, que por cierto parecía que hubiesen preparado expresamente para ellos, pues el suelo parecía recién barrido y el heno recién cambiado. El interior de la torre era practicamente hueco: de la pared interior sobresalían unos maderos que, a modo de peldaños, formaban una larga escalera que subía en espiral hasta una trampilla abierta en el techo de madera. Tras dejar a los caballos para que descansasen en los establos, comenzaron a subir la escalera de caracol. McBean iba en cabeza, mirando en todas direcciones y aferrando la empuñadura de su espada:
-Esto no me gusta. - dijo al fin - Es como si nos estuvieran esperando...
-No hay peligro. - contestó Matt - Seguramente sea así.
-¿Qué significa eso? ¿A qué te refieres?
-Virtus es pronosticador: predice cosas, tal vez las sepa de antemano... ¿quién sabe?
-¿De veras? ¡Increíble! - exclamó Johnny.
- Bueno, supongo que eso es lo que cabría esperar del "Abuelo de Todo el Saber", ¿no?
-Cierto, - respondió McBean, y añadió para sí mismo - y, sin embargo, por alguna razón, todo esto me pone un poco nervioso...
Al llegar arriba, McBean asomó la cabeza con recelo y miró a su alrededor. Lo que vio fue una estancia bastante amplia, con suelo de madera, y numerosas estanterías que albergaban gruesos tomos y montones de rollos de pergamino. En las paredes, tambien había pergaminos, pero estos extendidos, mostrando esquemas de aparatos extraños e ilustraciones de criaturas nunca vistas, así como escritos en idiomas de caracteres ininteligibles.
Un hombre de melena castaña de la que sobresalían algunos cabellos plateados estaba de espaldas a McBean, sentado frente a un escritorio mientras garrapateaba algo con una larga pluma de faisán. Vestía una túnica de color blanco, ribeteada de rojo. Antes de que McBean tuviera ocasión de pronunciar palabra, y sin dejar de escribir en ningún momento, el hombre dijo:
-Ah, de modo que por fin habéis llegado; pasad, pasad y ponéos cómodos. Estaré con vosotros en un minuto.
Cuando todos estuvieron arriba, tuvieron que quedarse de pie, puesto que no había sitio donde sentarse, excepto el suelo. Poco después, el hombre dejaba la pluma en el tintero, se levantaba de su asiento y saludaba a todos con efusión. Parecía un hombre de avanzada edad, aunque no anciano. Tenía una larga barba castaña con algunas canas, como su pelo, y una presencia jovial aunque venerable.
-¡Bienvenidos, viajeros, a mi casa! Soy Virtus, archimago de la escuela de la Energía Eterna y consejero del rey Rodiger de Naerzonia. ¡Pero por favor, sentáos! ¡Debéis estar cansados!
El gesto con el que Virtus acompañó estas palabras hizo que todos se giraran instintivamente a buscar asiento aun sabiendo que no lo había; y sin embargo, cuando miraron, había unos sillones justo detrás de ellos que no estaban ahí antes. Tomaron asiento, y seguramente James, Rose y Johnny habrían podido jurar que jamás se habían sentado sobre algo tan increíblemente cómodo en toda su vida.
Cuando miraron frente a ellos, descubrieron que se hallaban sentados en torno a una mesa que tampoco se encontraba ahí segundos antes. Era una mesa circular, cubierta por un mantel de color granate. En este punto, todos, excepto el siempre lacónico Matt, daban muestras de su sorpresa.
-¡Bien! - dijo Virtus - Ya conozco a Matt Gunter, embajador del Clan del Lobo; pero, ¿y los demás? ¿Cómo os llamáis?
- Yo soy Andrew McBean, y estos son James, Rose y Johnny. Hemos venido porque...
-¡Basta, basta! - ordenó Virtus - ¡Tiempo habrá para explicaciones mientras cenamos! Con vuestro permiso, pondré la mesa...
-¿Quiere que le ayudemos? - ofreció Rose.
-Oh, eres muy amable, pequeña, pero no será necesario: tan solo un segundo...
Y entonces Virtus agarró el mantel, tiró bruscamente de él y ahí, inexplicablemente, había servido todo un banquete: pavo asado, costillas de cerdo, guiso de ternera, una gran fuente de ensalada, frutas de todo tipo, una bandeja de dulces así como platos y cubiertos frente a cada comensal. Todos (excepto Matt, por supuesto) miraron la escena boquiabiertos. Sólo Johnny acertó a decir:
-Pero, ¿cómo lo ha hecho?
Virtus se limitó a sonreir, y encogiéndose de hombros, respondió:
-¡Magia!
miércoles, mayo 06, 2009
EN LUGAR DE DORMIR
Pues esta noche en lugar de dormir me han salido dos poemas, con lo cual la doy por bien aprovechada, supongo; no todos los... meses escribo un poema, no digamos uno decente, y no digamos dos.
BAJO LA SOMBRA DE LOS AVELLANOS.
Un día, que tal vez nunca ocurrió,
a enamorarse jugaban dos guajes;
miradas, guiños, cariño, mensajes,
pólvora humana la luna prendió.
Bendita inocencia (o puede que no),
se dijeron "sí" sin boda y sin trajes;
Sudados, mudos, desnudos, salvajes,
dos cuerpos en uno el sol descubrió.
¡Maldito "adiós" que malparió el infierno,
el olor de ambos aún en las manos!
Mas el maleficio no sería eterno:
Siguieron viéndose ciento veranos;
fuego secreto que aguanta el invierno
bajo la sombra de los avellanos.
(y el otro poema... ah, qué sabe nadie...)
BAJO LA SOMBRA DE LOS AVELLANOS.
Un día, que tal vez nunca ocurrió,
a enamorarse jugaban dos guajes;
miradas, guiños, cariño, mensajes,
pólvora humana la luna prendió.
Bendita inocencia (o puede que no),
se dijeron "sí" sin boda y sin trajes;
Sudados, mudos, desnudos, salvajes,
dos cuerpos en uno el sol descubrió.
¡Maldito "adiós" que malparió el infierno,
el olor de ambos aún en las manos!
Mas el maleficio no sería eterno:
Siguieron viéndose ciento veranos;
fuego secreto que aguanta el invierno
bajo la sombra de los avellanos.
(y el otro poema... ah, qué sabe nadie...)
martes, enero 20, 2009
¿Por qué "Handslayer"?
Así se iba a llamar una serie de novelas que tengo proyectadas, de las cuales ya he terminado una y estoy escribiendo otra.
Al final le he cambiado el nombre a la serie por Los Hijos de la Guerra, ya que me dijeron que el nombre que en principio tenía pensado ya estaba cogido.
Los Hijos de la Guerra narra una historia ocurrida en un mundo de fantasía, con un universo al estilo de El Señor de los Anillos, si bien es mucho menos idílico y mucho más terrenal, tan terrenal que en ocasiones nos recordará más a la vida real que a la fantasía. O al menos, eso intento.
Comencé a escribir la primera de las novelas allá por 2001, (y debo decir que fue mucho antes de que yo leyera, y por supuesto viera en el cine El Señor de los Anillos o cualquier otra historia de fantasía "moderna" como Eragon o Las Crónicas de Narnia) pero acabé dejándolo, dejándolo... hasta cuatro años después. Fuera porque se me ocurrió un nuevo enfoque, o porque la vida se ve de distinta manera con 23 años a como se ve con 19, me vino una idea a la cabeza. Nunca se me había olvidado la obra que estaba escribiendo, pero el caso es que un día se me ocurrió cómo podría continuar, y aquella idea me cogió con tal fuerza que me puse manos a la obra. Tuve mucho trabajo "intelectual", la idea me exigía una completa remodelación de la novela de arriba a abajo. Después de todo, orquestar un universo, aunque sea de ficción, no es tarea sencilla.
Luego vino el escribir, y escribiendo escribiendo fui cambiando poco a poco la idea original de 2001 (la primera parte), de manera que una vez terminada esta continuación que habrá de ser la segunda parte, que concluí a finales de 2007, tengo que reescribir por completo la primera parte. Y en ello estoy en el tiempo que me permiten los estudios y otras obligaciones. Hay días e incluso semanas en que no puedo escribir nada, como muestran las espaciadas actualizaciones que hago en este blog, pero nunca abandono el proyecto: llegará el momento en que tenga más tiempo para dedicarme a ello. Y lo necesitaré, pues ya tengo en mente unas 20 novelas de Los Hijos de la Guerra.
Puede que esté algo loco por ello, quién sabe. Locura o no, este es mi pequeño/gran proyecto en la vida, y aunque nunca se publique debido a la saturación actual de literatura y cine fantástico, no estaría satisfecho con todas estas historias dentro de mí. No sería... sano.
Al final le he cambiado el nombre a la serie por Los Hijos de la Guerra, ya que me dijeron que el nombre que en principio tenía pensado ya estaba cogido.
Los Hijos de la Guerra narra una historia ocurrida en un mundo de fantasía, con un universo al estilo de El Señor de los Anillos, si bien es mucho menos idílico y mucho más terrenal, tan terrenal que en ocasiones nos recordará más a la vida real que a la fantasía. O al menos, eso intento.
Comencé a escribir la primera de las novelas allá por 2001, (y debo decir que fue mucho antes de que yo leyera, y por supuesto viera en el cine El Señor de los Anillos o cualquier otra historia de fantasía "moderna" como Eragon o Las Crónicas de Narnia) pero acabé dejándolo, dejándolo... hasta cuatro años después. Fuera porque se me ocurrió un nuevo enfoque, o porque la vida se ve de distinta manera con 23 años a como se ve con 19, me vino una idea a la cabeza. Nunca se me había olvidado la obra que estaba escribiendo, pero el caso es que un día se me ocurrió cómo podría continuar, y aquella idea me cogió con tal fuerza que me puse manos a la obra. Tuve mucho trabajo "intelectual", la idea me exigía una completa remodelación de la novela de arriba a abajo. Después de todo, orquestar un universo, aunque sea de ficción, no es tarea sencilla.
Luego vino el escribir, y escribiendo escribiendo fui cambiando poco a poco la idea original de 2001 (la primera parte), de manera que una vez terminada esta continuación que habrá de ser la segunda parte, que concluí a finales de 2007, tengo que reescribir por completo la primera parte. Y en ello estoy en el tiempo que me permiten los estudios y otras obligaciones. Hay días e incluso semanas en que no puedo escribir nada, como muestran las espaciadas actualizaciones que hago en este blog, pero nunca abandono el proyecto: llegará el momento en que tenga más tiempo para dedicarme a ello. Y lo necesitaré, pues ya tengo en mente unas 20 novelas de Los Hijos de la Guerra.
Puede que esté algo loco por ello, quién sabe. Locura o no, este es mi pequeño/gran proyecto en la vida, y aunque nunca se publique debido a la saturación actual de literatura y cine fantástico, no estaría satisfecho con todas estas historias dentro de mí. No sería... sano.
jueves, enero 08, 2009
AÑO NUEVO, VIAJE VIEJO
(Escrito durante el trayecto en autobús Oviedo-Cangas del Narcea que salió el 1 de enero de 2009 a las 17:00 y llegó a las 19:20)
Abandono Oviedo
el último día
del primero de enero.
La Pixarra, rotonda y autovía,
abro los ojos y los cierro
y no estamos en Grado todavía.
El sol asoma
a espiarme bajo los carteles
por encima de las lomas,
y en los ojos duele
como el rechinar de goma
donde la autovía muere.
Primer Grado, segundo Grado y adelante,
curva de corona y cuesta arriba desbocada.
Cabruñana en la cima, Cornellana en el valle,
y el tedio de las obras ante Salas
que son la historia interminable
del café del hombre de corbata.
El autobús trastabilla y zozobra
girando con los molinos de las cimas.
Llevamos de viaje una hora
y ya se me clava la Espina
inaccesible, helada y sola
que anuda la garganta de la prisa.
Con el ocre, el púrpura y el gris
de las nubes sempiternas del invierno,
las cumbres nevadas de añil
los pardos árboles esqueléticos,
y delante siempre la ruta sin fin
del color mineral del quitamiedos.
Y los desvíos extraños, y el Crucero sin barco,
y a Tíneo en tiempos mejores,
y a rodar barranco abajo
bajo luces argentadas de faroles.
Rodical y más lejos bajamos,
más allá de la Florida sin flores.
Y los dos túneles gemelos siameses,
la marisma envasada en Pilotuerto;
el camino se allana o así parece.
Entre montes descarnados y yertos
la Luna aparca y anochece:
un último túnel, y llegada al Concejo.
Luego, pueblos y más pueblos:
Villar de, y efímero Lantero,
Javita la curva de las luces,
Portiella la que baja y sube,
Antrago de un trago, Tebongo entero
y Villar de Tebongo contra el fuego,
y más allá del puente del Infierno,
de la curva de San Pedro la homicida,
de Corias monacal y prometida,
dejando atrás el puente de Obanca,
final de trayecto y recuerdos de la infancia.
Abandono Oviedo
el último día
del primero de enero.
La Pixarra, rotonda y autovía,
abro los ojos y los cierro
y no estamos en Grado todavía.
El sol asoma
a espiarme bajo los carteles
por encima de las lomas,
y en los ojos duele
como el rechinar de goma
donde la autovía muere.
Primer Grado, segundo Grado y adelante,
curva de corona y cuesta arriba desbocada.
Cabruñana en la cima, Cornellana en el valle,
y el tedio de las obras ante Salas
que son la historia interminable
del café del hombre de corbata.
El autobús trastabilla y zozobra
girando con los molinos de las cimas.
Llevamos de viaje una hora
y ya se me clava la Espina
inaccesible, helada y sola
que anuda la garganta de la prisa.
Con el ocre, el púrpura y el gris
de las nubes sempiternas del invierno,
las cumbres nevadas de añil
los pardos árboles esqueléticos,
y delante siempre la ruta sin fin
del color mineral del quitamiedos.
Y los desvíos extraños, y el Crucero sin barco,
y a Tíneo en tiempos mejores,
y a rodar barranco abajo
bajo luces argentadas de faroles.
Rodical y más lejos bajamos,
más allá de la Florida sin flores.
Y los dos túneles gemelos siameses,
la marisma envasada en Pilotuerto;
el camino se allana o así parece.
Entre montes descarnados y yertos
la Luna aparca y anochece:
un último túnel, y llegada al Concejo.
Luego, pueblos y más pueblos:
Villar de, y efímero Lantero,
Javita la curva de las luces,
Portiella la que baja y sube,
Antrago de un trago, Tebongo entero
y Villar de Tebongo contra el fuego,
y más allá del puente del Infierno,
de la curva de San Pedro la homicida,
de Corias monacal y prometida,
dejando atrás el puente de Obanca,
final de trayecto y recuerdos de la infancia.
jueves, junio 05, 2008
RUTINA
Esta mañana he vuelto a resucitar
como cada día.
He salido de mi mortaja y
me he pasado por agua, pero hoy
tampoco he segado los pastos de mi rostro.
He asesinado a un bollo a mordiscos,
me he disfrazado de persona,
he llamado al ascensor -otro sarcófago-
para bajar a pisar cemento
como mis semejantes,
como cada día.
Apuesto que estoy pisando
las huellas que dejé ayer,
anteayer, el martes, el otro día, el mes
pasado.
Pero la calle no se ablanda
por más que la piso.
Como cada día,
buceo entre papeles -madera muerta-
contemplando peces de tinta
que se persiguen
inútilmente,
sin moverse,
como cada día.
Y he buscado.
He indagado en el mayor misterio
-había que intentarlo-;
algo he aprendido de las paredes:
a callar, y a guardar.
Y he vuelto a mi madriguera
como cada día.
Y cuando las horas últimas
agonizan,
vuelvo a mi tumba,
a esperar a que el sueño me mate
pues mañana ya no seré yo,
lo mismo que ayer fui otro.
Como cada día.
como cada día.
He salido de mi mortaja y
me he pasado por agua, pero hoy
tampoco he segado los pastos de mi rostro.
He asesinado a un bollo a mordiscos,
me he disfrazado de persona,
he llamado al ascensor -otro sarcófago-
para bajar a pisar cemento
como mis semejantes,
como cada día.
Apuesto que estoy pisando
las huellas que dejé ayer,
anteayer, el martes, el otro día, el mes
pasado.
Pero la calle no se ablanda
por más que la piso.
Como cada día,
buceo entre papeles -madera muerta-
contemplando peces de tinta
que se persiguen
inútilmente,
sin moverse,
como cada día.
Y he buscado.
He indagado en el mayor misterio
-había que intentarlo-;
algo he aprendido de las paredes:
a callar, y a guardar.
Y he vuelto a mi madriguera
como cada día.
Y cuando las horas últimas
agonizan,
vuelvo a mi tumba,
a esperar a que el sueño me mate
pues mañana ya no seré yo,
lo mismo que ayer fui otro.
Como cada día.
domingo, junio 01, 2008
Homenaje a Ángel González
Pues resulta que el pasado martes 27 de mayo, a eso de las 11:20 a.m. me llega un sms de un ex-compañero mío de la carrera. El texto era el siguiente: "Ven al milán. Corre. A las doce Sabina y García Martín por fin juntos."
Recuerdo que lo primero que hice en aquel momento fue pegar un salto. Lo segundo, avisar a otros dos amigos míos, fans de Sabina como yo, pero que por desgracia no pudieron asistir. Una auténtica lástima. En fin, conseguí llegar al campus del Milán a tiempo, pese a que vivo en la otra punta de Oviedo (ayudado por el hecho de que la ciudad está construída en forma de cuesta, y al bajar la gravedad siempre echa un cable) y, efectívamente allí estaba: Joaquín Sabina, rodeado de fotógrafos y periodistas, y hablando con otras personas, entre las que acerté a conocer a García Martín.
¿Y quién es este García Martín? Pues es un reputado crítico y antólogo, director de la revista literaria Clarín de Oviedo y profesor de la universidad de dicha ciudad. Cuando yo aún estaba en filología inglesa, cogí un par de asignaturas de libre configuración con él: Lit. española del siglo XX y Lit. española de la Ilustración y siglo XIX. Recuerdo aquellas clases cargadas de anécdotas, podría pasarme una tarde entera contando historias al respecto. El caso es que este profesor, José Luis García Martín, era sobre todo, cómo él mismo dice, "un gran lector". Prueba de ello era que, el primer día de clase, nos pidió que anotasemos en un papel los tres últimos libros que hubieramos leído, luego fue preguntando de uno en uno y resultaba que se los había leído todos, el tío (lo más asombroso fue el caso de un alumno Erasmus rumano, que citaba un libro de un autor rumano que sólo se había traducido al francés, ¡y también lo había leído!)
Pero a lo que iba: esta gente se había juntado para rendir homenaje a Ángel González, poeta ovetense fallecido el pasado 12 de enero. Se puede encontrar parte de su vida y obra en http://amediavoz.com/gonzalez.htm
Yo, como venía contando, no tenía ni idea de a santo de qué se habían reunido todas estas personas, y cuando me enteré de que se trataba de un homenaje a Ángel González creí que tenía derecho a quedarme: el salón de actos estaba lleno hasta la bandera (supongo que debido a la presencia de Joaquín Sabina), de hecho yo tuve que quedarme de pie. Digo que tenía derecho a quedarme porque, aunque Joaquín Sabina fue la excusa para ir, Ángel González fue la razón para quedarme, especialmente porque yo había tenido la decencia de asistir a su homenaje habiendo comprado un libro suyo meses antes de su fallecimiento. Saber que, de entre todos los presentes, yo era algo más que un mero fan de Sabina, o que un mero alumno de la universidad obligado a asistir para hacer un trabajo al respecto, por ejemplo, me dio mucho que pensar.
También se encontraban allí Susana Rivero, viuda de Ángel González, y Luis García Montero, entre otros. Después de los obligados elogios al rector y una especie de "aún no se como llamarlo" a Joaquín Sabina (era una especie de justificación a que estuviera allí, algo así como, y perdónenme la libre interpretación, un decir "anda, venga, vamos a hacer como que también es poeta", con esa suficiencia gallinácea que caracteriza a los catedráticos), comenzó el acto. Los ponentes iban contando cosas sobre Ángel González y leyendo algunos de sus poemas.
Yo conocía algunos, en parte por la asignatura de Lit. española del S. XX que impartía García Martín, y en parte por el libro que compré, que creo que se titula, y perdónenme si me equivoco, La poesía antológica del Eros. De cómo este libro acabó en mis estanterías también tiene su historia: lo encontré en la librería Cervantes, y al ver que era de Ángel González, comencé a hojearlo. Me sorprendió mucho, era una combinación entre expresividad y sencillez muy agradable, en un tono muy asequible para todos los públicos; me refiero a que era una poesía muy "entendible", no a que sea el equivalente literario de El rey León.
Volviendo al homenaje, como colofón de la mañana conseguí el autógrafo de Joaquín Sabina. Lo tengo en el moleskine que Anaïs me regaló hace un mes. Al verlo de cerca, encontré a un Sabina distinto de lo que me esperaba. Recuerdo que pensaba en aquél momento "¿cómo va a haber escrito Calle melancolía o Peor para el sol, si lo tengo aquí delante?" , como si fuera imposible que estas canciones hubieran salido de la mente de un hombre que vive y respira como los demás, que camina entre nosotros como uno más y que siente también sobre sí los estragos del tiempo: un Sabina envejecido que ya ronda los 60 años, pero no era el Sabina artista, el Sabina del bombín y el escenario, sino un Sabina más formal (cómo era de esperar en el homenaje a su amigo Ángel), un Sabina más literario, casi un Sabina de café, chinchón y tertulia.
Y después tomé algo con un amigo y volví a casa a seguir preparando las oposiciones.
Recuerdo que lo primero que hice en aquel momento fue pegar un salto. Lo segundo, avisar a otros dos amigos míos, fans de Sabina como yo, pero que por desgracia no pudieron asistir. Una auténtica lástima. En fin, conseguí llegar al campus del Milán a tiempo, pese a que vivo en la otra punta de Oviedo (ayudado por el hecho de que la ciudad está construída en forma de cuesta, y al bajar la gravedad siempre echa un cable) y, efectívamente allí estaba: Joaquín Sabina, rodeado de fotógrafos y periodistas, y hablando con otras personas, entre las que acerté a conocer a García Martín.
¿Y quién es este García Martín? Pues es un reputado crítico y antólogo, director de la revista literaria Clarín de Oviedo y profesor de la universidad de dicha ciudad. Cuando yo aún estaba en filología inglesa, cogí un par de asignaturas de libre configuración con él: Lit. española del siglo XX y Lit. española de la Ilustración y siglo XIX. Recuerdo aquellas clases cargadas de anécdotas, podría pasarme una tarde entera contando historias al respecto. El caso es que este profesor, José Luis García Martín, era sobre todo, cómo él mismo dice, "un gran lector". Prueba de ello era que, el primer día de clase, nos pidió que anotasemos en un papel los tres últimos libros que hubieramos leído, luego fue preguntando de uno en uno y resultaba que se los había leído todos, el tío (lo más asombroso fue el caso de un alumno Erasmus rumano, que citaba un libro de un autor rumano que sólo se había traducido al francés, ¡y también lo había leído!)
Pero a lo que iba: esta gente se había juntado para rendir homenaje a Ángel González, poeta ovetense fallecido el pasado 12 de enero. Se puede encontrar parte de su vida y obra en http://amediavoz.com/gonzalez.htm
Yo, como venía contando, no tenía ni idea de a santo de qué se habían reunido todas estas personas, y cuando me enteré de que se trataba de un homenaje a Ángel González creí que tenía derecho a quedarme: el salón de actos estaba lleno hasta la bandera (supongo que debido a la presencia de Joaquín Sabina), de hecho yo tuve que quedarme de pie. Digo que tenía derecho a quedarme porque, aunque Joaquín Sabina fue la excusa para ir, Ángel González fue la razón para quedarme, especialmente porque yo había tenido la decencia de asistir a su homenaje habiendo comprado un libro suyo meses antes de su fallecimiento. Saber que, de entre todos los presentes, yo era algo más que un mero fan de Sabina, o que un mero alumno de la universidad obligado a asistir para hacer un trabajo al respecto, por ejemplo, me dio mucho que pensar.
También se encontraban allí Susana Rivero, viuda de Ángel González, y Luis García Montero, entre otros. Después de los obligados elogios al rector y una especie de "aún no se como llamarlo" a Joaquín Sabina (era una especie de justificación a que estuviera allí, algo así como, y perdónenme la libre interpretación, un decir "anda, venga, vamos a hacer como que también es poeta", con esa suficiencia gallinácea que caracteriza a los catedráticos), comenzó el acto. Los ponentes iban contando cosas sobre Ángel González y leyendo algunos de sus poemas.
Yo conocía algunos, en parte por la asignatura de Lit. española del S. XX que impartía García Martín, y en parte por el libro que compré, que creo que se titula, y perdónenme si me equivoco, La poesía antológica del Eros. De cómo este libro acabó en mis estanterías también tiene su historia: lo encontré en la librería Cervantes, y al ver que era de Ángel González, comencé a hojearlo. Me sorprendió mucho, era una combinación entre expresividad y sencillez muy agradable, en un tono muy asequible para todos los públicos; me refiero a que era una poesía muy "entendible", no a que sea el equivalente literario de El rey León.
Volviendo al homenaje, como colofón de la mañana conseguí el autógrafo de Joaquín Sabina. Lo tengo en el moleskine que Anaïs me regaló hace un mes. Al verlo de cerca, encontré a un Sabina distinto de lo que me esperaba. Recuerdo que pensaba en aquél momento "¿cómo va a haber escrito Calle melancolía o Peor para el sol, si lo tengo aquí delante?" , como si fuera imposible que estas canciones hubieran salido de la mente de un hombre que vive y respira como los demás, que camina entre nosotros como uno más y que siente también sobre sí los estragos del tiempo: un Sabina envejecido que ya ronda los 60 años, pero no era el Sabina artista, el Sabina del bombín y el escenario, sino un Sabina más formal (cómo era de esperar en el homenaje a su amigo Ángel), un Sabina más literario, casi un Sabina de café, chinchón y tertulia.
Y después tomé algo con un amigo y volví a casa a seguir preparando las oposiciones.
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